Los puntos rojos del Flash

 

Mientras el blanco simboliza la paz y la pureza, el rojo es amor y odio, pátina de emociones fuertes. Cuando Federico Correa y Alfonso Milá diseñaron el Flash Flash, escogieron el blanco para la sala y el rojo para los lavabos, que estaban y siguen estando situados al fondo del local. La tranquilidad del blanco facilita la relación social inherente a la comida en un restaurante de bancos corridos como el Flash y la pasión del rojo aporta emoción y aventura a la necesidad fisiológica que debemos resolver.
 

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Un submundo en rojo


Eva Blanch, ”Toilette rojo Flash” de la serie Lips and cigarrettes. Collage fotográfico, 2017


El collage de Eva Blanch amplía el espacio del lavabo del Flash, lo convierte en un escenario vertical lleno de armonía, incertidumbre y clandestinidad. “Los lavabos –explica- son un submundo muy interesante, que tanto puede ser fiestero como perverso”. Su foto abarca este arco de cuestiones por resolver en el que todo es posible.
 
David Hockney, Enric Miralles y Bigas Luna son sus referencias en una técnica que en España se ha utilizado poco. 

@eva_blanch_

La nueva chica Flash por Jordi Labanda

Ilustración de Jordi Labanda dedicada a los 50 años del Flash

 

Labanda se ha inspirado en Polly Maggoo, la supermodelo de la era Twiggy que el cineasta William Klein crea para el film Qui êtes vous, Polly Maggoo? (1966), “Creo que es una buena referencia para el Flash y la moda”, asegura el ilustrador. @jordilabanda 

 

 

 

Las eternas mujeres Flash

Foto de Oriol Massons para la Gaceta Ilustrada nº723, 16 de agosto de 1970

 

El Flash Flash ha sido un restaurante de moda durante 50 años, pero también podemos decir que ha sido el restaurante de la moda.

Al Flash iban a diario las modelos de las agencias que a partir de los años sesenta se fueron instalando en la calle Tuset. No era normal encontrar en la Barcelona de aquella época restaurantes y bares frecuentados por mujeres, no, al menos, con la asiduidad con la que acudían al Flash.

En Tuset estaban las agencias Top Model, Intermodel, Salvador y Magdad. Estaban también las agencias de publicidad y boutiques como Renoma, que llegó a organizar un desfile en plena calle. 

Tuset se convirtió en una copia de la londinense Carnaby. El fotógrafo Oriol Maspons y el diseñador Alexandre Cirici Pellicer diseñaron una camiseta con un mapa de las tiendas más destacas. La llamaron Tuset Street. "Produjimos quinientas piezas que se vendieron enseguida”, recordaba Maspons al periodista Sergio Vila-Sanjuán en La Vanguardia.

“En mis fotos –reconocía Maspons en la misma entrevista- no utilizaba modelos profesionales, sino a las chicas de Tuset, porque eran diferentes. Xavier Miserachs y yo estábamos alucinados al ver como se propagaba la minifalda… Fue un cambio de estética absoluto, y duró bastante tiempo".

Entre las chicas de Tuset estaba su propia mujer, Coral Majó,  que posó como una mamá moderna con minifalda amarilla frente a la fachada del Flash para la portada de Gaceta Ilustrada nº723, 16 de agosto de 1970, 15 ptas.

Las minifaldas, las casacas y las camisas floreadas de Tuset contrastaban con la sobriedad característica de la moda burguesa catalana. El Flash estaba en su entorno natural, el principal motor de la modernidad social que entonces había en España, como nos recuerda la ilustración que Jordi Labanda ha realizado para nosotros con motivo de nuestro 50 cumpleaños.

 

 

Croma, El hermano pequeño del Flash

Iván Pomés ha asumido el reto de construir un joven Flash Flash, el restaurante Croma, en la avenida Diagonal de Barcelona. El punto de partida es el diseño de Federico Correa y Alfonso Milá, los arquitectos que hicieron el Flash. El punto de llegada, sin embargo, es solo suyo, un espacio que hereda los rasgos fisonómicos de su hermano mayor, pero que tiene su propia personalidad.

Los retos que asumieron Correa y Milá al diseñar el Flash fueron muchos, empezando por la estructura del local, más apropiado para un almacén o un garaje que para un restaurante. Pomés también ha tenido que salvar las exigencias de un local más pequeño y con los techos demasiado altos. Las soluciones técnicas que ha encontrado van más allá de las volumétricas. Al igual que el Flash de Correa y Milá, el Croma de Pomés está lleno de detalles técnicos que no se ven, como la insonorización, y que son esenciales para que la experiencia gastronómica sea igual de buena.

Paranoia de bocas 

La Paranoia es un proyecto artístico de Laura X en Instagram. Inspirada por su entorno, su realidad como mujer migrante latinoamericana que sobrevive a la presión de la sociedad actual, Laura construye en collage unas paranoias que rozan el surrealismo para hablarnos de nuestro entorno. Para el Flash Flash ha imaginado un montón de bocas “para así poder probar todas las tortillas del menú al mismo tiempo”.
Podéis ver sus proyectos creativos en @la.paranoia

"Degustación" La Paranoia

Reflejos íntimos

Rosa Feliu es una experta en el Eixample de Barcelona. En el Colegio de Arquitectos ha expuesto hasta hace pocos días un trabajo sobre sus chaflanes. Hay unos 4.000 y ella los ha resumido en 50. Los más monumentales conviven con los más humildes en un ecosistema de una gran igualdad democrática. Esta es la grandeza de Idelfons Cerdà, urbanista que Rosa Feliu ha llegado a conocer muy bien porque, a lo largo de su carrera, además de los chaflanes, ha fotografiado las fachadas y el interior de los edificios alineados en la trama urbana que creó.

"Ous, capses i pots de farina” Rosa Feliu © 

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La modernidad de lo antiguo

Las recetas de toda la vida resisten el paso del tiempo con una solvencia muchas veces superior a las recetas más vanguardistas. Franc Monrabà lo tiene clarísimo y no duda en citar a los padres fundadores de la república estadounidense y su apego por la arquitectura clásica para demostrar que el pasado, como diría Faulkner, nunca pasa.

 

Tortilla de cocochas de bacalao. Restaurante Haddock.

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Cofradía de la Santa Tortilla por Víctor Amela

   

Una noche de los años 90, en un programa de televisión, el periodista Ramon Miravitlles entrevistaba a Néstor Luján, brillantísimo y cultísimo escritor y cronista gastronómico. El periodista invitaba al gran Néstor Luján a degustar ante las cámaras una tortilla recién hecha según sus propias indicaciones. Recuerdo que cada bocado de tortilla se deshacía en la boca de Néstor Luján, que la paladeaba con delectación. Ponderaba, casi en éxtasis, su viscosidad ”babeuse”, mientras un hilillo untuoso de huevo se escurría por la comisura de los labios. Se me hizo la boca agua. Ver gozar con tan detallada y sibaríticamente a Luján en sensual coyunda con su tortilla me hizo tortillófilo para los restos. Ponme una tortilla y detonará aquella expectacción de placer. El placer es una tortilla bien hecha, sabrosa, jugosa, mórbida, cálida como el pecho de una madre, lánguida como un reloj blando de Dalí. 

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Nunca me cansaré de la Tortilla de las Niñas por Sergio Vila-Sanjuán 

Mis padres nos llevaron a los cuatro hermanos a comer allí cuando llevaba pocos meses inaugurado; Morrosko debía ser apenas un bebé, con lo que sin duda aquella inmersión precoz influyó psicológica y decisivamente para que años más tarde dirigiera el periódico conmemorativo del 25 aniversario del restaurante, que también era el suyo.

Acudíamos bastante en familia en esa época inicial, y yo detecté rápidamente mi plato: la tortilla de las niñas, imbatible combinación de huevo, pollo y bechamel. ¿Cuántas habré ingerido en cinco décadas?

En los años ochenta el Flash Flash constituía un buen punto de aterrizaje, por sus horarios flexibles, para distintos grupos noctámbulos que entonces frecuentaba. Pero sobre todo me sirvió de espacio de encuentro con una de las personas que más me han influído en el plano cultural: el pintor Luis Marsans, con sus melenas plateadas, americana de terciopelo, largo foulard y bastón con elegante empuñadura, charla suave y algo gangosa, inmensos conocimientos y afinadísimos juicios sobre la vida y el arte. Marsans y su esposa Marta eran grandes habituales de la tortillería. Leo en el último libro de Óscar Tusquets que mi añorado amigo se limitaba allí a picotear patatas fritas, pero la verdad es que no guardo ningún recuerdo sobre lo que se llevaba a la boca.

El trayecto desde La Vanguardia hasta el piso de Balmes donde vivo me lleva ahora a pasar a diario frente al Flash Flash (y a detenerme a menudo en la acera de enfrente a saludar a alguien en la barra del Giardinetto). Me fascina la permanencia del interiorismo original, el gran respeto con que se conserva en una ciudad que se ha revelado tan destructiva con los locales históricos. Acudo a veces con mi mujer y mis hijos, la rueda de la vida gira sin cesar. Y pido una vez más tortilla de las niñas.

 


Tortilla de las Niñas. Fotos Lekuonastudio

Alfonso Milá, el discreto y esencial segundo plano

 

Si Alfonso Milá y Lepoldo Pomés no hubieran sido amigos, no existiría el Flash Flash. Si no les hubiera gustado viajar y comer bien, lo que para ellos significaba, comer sencillo pero con elegancia, tampoco.

El Flash tampoco hubiera sido lo que es si Alfonso Milá no hubiera sido el socio de Federico Correa, una alianza de arquitectos complementarios que trabajaron mucho y bien, especialmente en Barcelona. El local de nuestro restaurante es un claro ejemplo.

El proyecto salió de la cabeza de Federico pero fue Alfonso quien, no solo lo perfeccionó, sino que lo hizo posible.

Su obsesión, por ejemplo, con el ruido, le llevó a investigar todo tipo de materiales para que un techo tan bajo como el del Flash absorbiera el sonido de las conversaciones. El resultado es impecable. Se puede hablar sin alzar la voz.

Era un perfeccionista. Sabía que la excelencia está en los detalles. Y vivía sobre este principio, que le servía muy bien en su profesión de arquitecto, pero asimismo para afrontar las tareas más cotidianas. Quienes lo vieron hacer una tortilla francesa no olvidan la pulcritud con la que terminaba de envolverla sobre sí misma. La forma debía ser perfectamente ovalada y la superficie quedar libre de cualquier arruga o impureza.

Mientras Federico Correa diseñaba los proyectos, Alfonso los ejecutaba. Le gustaba pisar la obra y encontrar allí soluciones que en el papel no habían surgido. El estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona o el museo Episcopal de Vic, por mencionar, dos edificios, incorporan las aportaciones de Alfonso Milá con la discreción que él procuró mantener siempre.

Siendo una persona muy empática y bromista, un gran imitador de animales, prefería mantener siempre un discreto segundo plano, rodeado y protegido por sus familiares y amigos más íntimos. No buscaba del estrellato, sino todo lo contrario. Era feliz viendo desde un segundo plano como la vida giraba a su alrededor.